se han repartido el mundo ya nada me asombra

se han repartido el mundo ya nada me asombra

En una pequeña oficina del puerto de Algeciras, un hombre llamado Manuel observa una pantalla donde cientos de puntos amarillos se desplazan con una lentitud exasperante. Manuel no es cartógrafo, pero conoce los límites invisibles de los océanos mejor que cualquier explorador del siglo dieciocho. Cada punto representa un carguero, una mole de acero que transporta desde litio hasta granos de soja, moviéndose por pasillos que no figuran en los atlas escolares pero que dictan el precio del pan en Madrid o la disponibilidad de un microchip en Seúl. Manuel suspira, ajusta sus gafas y comenta a media voz que Se Han Repartido el Mundo Ya Nada Me Asombra, mientras señala una zona del Mar de la China Meridional donde las líneas de navegación se amontonan como cicatrices sobre el azul digital. Para él, la geografía ya no es una cuestión de montañas y ríos, sino de propiedad y flujo, una cuadrícula administrativa donde cada centímetro de espacio, incluso el aire que respiramos sobre las rutas comerciales, tiene un dueño o un aspirante a serlo.

Esa sensación de final de trayecto, de que ya no quedan manchas blancas en el mapa para el asombro o la conquista, impregna la psique colectiva de nuestra era. Hubo un tiempo en que la distancia era un misterio y el horizonte una promesa de otredad. Hoy, la distancia es un coste logístico y el horizonte es una zona económica exclusiva. Caminamos por ciudades que han sido mapeadas hasta el último rincón por cámaras cenitales y satélites que pueden distinguir la marca de un refresco en una mesa de terraza. La privacidad se ha convertido en el último territorio virgen, y curiosamente, es el que más rápido estamos entregando a cambio de la comodidad de un algoritmo que nos diga qué camino tomar para evitar el tráfico.

El sentimiento de Manuel es compartido por muchos que observan la acelerada fragmentación de lo común. No se trata solo de tierras o aguas territoriales. Se trata de la infraestructura misma de la existencia. Los cables submarinos que sostienen internet, esas finas venas de fibra óptica que descansan en el abismo marino, pertenecen a un puñado de corporaciones cuya riqueza supera el producto interior bruto de naciones enteras. Cuando miramos al cielo nocturno, ya no buscamos constelaciones para orientarnos; vemos el rastro de trenes de satélites que prometen conectividad global a cambio de colonizar visualmente el firmamento. La propiedad se ha vuelto vertical, desde el lecho marino hasta la órbita baja terrestre, cerrando un círculo que comenzó con las carabelas y termina con los centros de datos refrigerados en el Ártico.

Se Han Repartido el Mundo Ya Nada Me Asombra

A mediados del siglo pasado, la Antártida se presentaba como el último gran laboratorio de la paz, un continente destinado a la ciencia y la contemplación. Pero incluso allí, bajo capas de hielo que guardan el registro atmosférico de hace millones de años, la política de los hechos consumados empieza a agrietar los tratados. Las estaciones científicas funcionan a menudo como banderas clavadas en la nieve, recordatorios silenciosos de que, cuando el deshielo avance y los recursos se vuelvan accesibles, habrá manos listas para reclamarlos. Esta lógica de reparto no conoce pausas. En las llanuras abisales, donde la presión aplastaría un submarino convencional, las máquinas mineras ya calientan motores para extraer nódulos de polimetales, esenciales para esa transición energética que prometemos será verde pero que, en el fondo, sigue alimentándose de la misma vieja ambición de poseer lo que antes era de todos.

La investigadora Elena Martos, especialista en derecho internacional que ha pasado años estudiando los litigios sobre la plataforma continental, explica que el derecho actual es una carrera de agrimensores. No se busca descubrir lo nuevo para entenderlo, sino para titularlo. Ella describe el fondo marino como un rompecabezas de concesiones donde empresas privadas y estados nacionales negocian sobre ecosistemas que apenas comprendemos. Es una paradoja de nuestra tecnología: somos capaces de extraer mineral a cuatro mil metros de profundidad, pero no sabemos qué especies viven allí ni qué papel juegan en la estabilidad del carbono oceánico. El conocimiento técnico corre para servir a la propiedad, dejando a la curiosidad científica en un segundo plano.

Esta fragmentación del planeta en parcelas de interés no solo ocurre en la escala de lo gigante. En las ciudades europeas, el espacio público se encoge. Las plazas se llenan de terrazas privadas, los parques se cierran bajo horarios restrictivos y el acceso a la vivienda se convierte en un juego financiero donde los barrios son activos y los vecinos, obstáculos para la rentabilidad. La sensación de que el suelo bajo nuestros pies ya no nos pertenece, de que somos meros inquilinos en un mundo gestionado por entidades abstractas, alimenta ese cinismo melancólico que Manuel expresaba en el puerto. Si todo tiene dueño, si cada rincón ha sido monetizado, ¿dónde queda el espacio para lo inesperado?

El lenguaje mismo que usamos para describir nuestro entorno ha cambiado. Ya no hablamos de paisajes, sino de recursos. No hablamos de comunidades, sino de mercados. Esta transformación semántica es el síntoma de una derrota espiritual. Cuando el mundo se convierte en un inventario, el asombro muere porque el asombro requiere que algo sea más grande que nuestra capacidad de poseerlo. Al reducir la naturaleza a una serie de servicios ecosistémicos, le quitamos su derecho a existir por sí misma, fuera de nuestra contabilidad. Es una forma de colonización mental que precede a la física.

La Intimidad Como Último Recurso Natural

Mientras el mapa físico se agota, las potencias de la era digital han girado su mirada hacia el interior. Si la tierra y el mar están repartidos, el nuevo continente a conquistar es la atención humana. Cada segundo que pasamos frente a una pantalla es un metro cuadrado de nuestra conciencia que es arado y sembrado con publicidad dirigida. Los datos son el nuevo petróleo, dicen los gurús de Silicon Valley, pero olvidan mencionar que nosotros somos el yacimiento. El reparto del mundo ha llegado a las sinapsis de nuestro cerebro, donde cada preferencia, cada miedo y cada deseo es cartografiado para ser vendido al mejor postor.

Un joven programador en una cafetería de Madrid comenta cómo los algoritmos de recomendación no buscan darnos lo que queremos, sino predecir lo que haremos para que no nos salgamos del carril previsto. En este sentido, el libre albedrío se está convirtiendo en una zona económica exclusiva de las grandes tecnológicas. La espontaneidad es un error en el sistema, un ruido que debe ser filtrado. Si Se Han Repartido el Mundo Ya Nada Me Asombra es una frase que resuena con fuerza, es porque sentimos que incluso nuestra capacidad de sorprendernos a nosotros mismos está siendo gestionada por un código escrito a miles de kilómetros de distancia.

La arquitectura de la información ha replicado los antiguos sistemas coloniales. Hay centros de datos que consumen la electricidad de ciudades enteras y moderadores de contenido en países en desarrollo que limpian la basura digital de occidente por salarios de miseria. El mundo digital no es una nube etérea; tiene una geografía física brutal y desigual. Las minas de cobalto en el Congo, donde el trabajo infantil sigue siendo una realidad sangrante, son el cimiento sobre el que se construye la elegante interfaz de nuestro último teléfono inteligente. El reparto sigue las mismas rutas de siempre, solo que ahora los barcos llevan silicio en lugar de especias.

Esta realidad nos obliga a preguntarnos qué significa ser un ciudadano en un planeta titulado. Si los bienes comunes —el aire, el agua, el espectro radioeléctrico— están en manos privadas, el contrato social se desmorona. No somos participantes de una sociedad, sino clientes de un servicio global. La resistencia, entonces, no consiste en buscar nuevas tierras que conquistar, sino en defender los espacios que aún no han sido cuantificados. El silencio, la desconexión, el paseo sin rumbo por una calle que no ha sido gentrificada: estos son los actos de rebelión en un mundo donde la eficiencia es el único dios permitido.

El Retorno de lo Común y la Grieta en el Muro

A pesar de la aparente totalidad de este reparto, siempre hay fisuras. En las comunidades rurales de los Andes, hay campesinos que defienden el derecho al agua no como un recurso, sino como una divinidad. En los laboratorios de código abierto, hay programadores que regalan su trabajo para que nadie pueda poseer el conocimiento básico de la red. Son pequeñas victorias, gestos de una resistencia que se niega a aceptar que la historia ha terminado. El asombro, ese motor de la humanidad que nos llevó a mirar las estrellas con temor y esperanza, no puede ser completamente erradicado mientras exista un solo rincón que escape a la lógica del beneficio.

La historia de Manuel en el puerto termina cada día cuando apaga su monitor y sale a caminar por la escollera. Allí, frente al Estrecho de Gibraltar, donde las aguas del Mediterráneo y el Atlántico se encuentran en un abrazo turbulento, el mundo se siente de nuevo vasto e indomable. Las corrientes no entienden de banderas ni de propiedad privada. El viento que sopla desde África trae consigo el polvo del Sahara, ignorando las fronteras electrónicas y los sensores térmicos. En ese momento, la pantalla y sus puntos amarillos parecen una ficción, una pretensión humana de control frente a una naturaleza que, al final, siempre reclama su derecho al caos.

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El verdadero desafío de nuestra generación no es repartir mejor el botín, sino aprender a dejar espacios vacíos. Necesitamos una ética del desinterés, una forma de valorar lo que no se puede comprar ni vender. Si permitimos que cada aspecto de la vida sea cartografiado y poseído, terminaremos viviendo en un museo de nosotros mismos, un lugar perfectamente ordenado pero sin vida. La belleza del mundo radica en su resistencia a ser totalmente comprendido, en esa sombra que siempre queda tras la luz de la linterna.

Tal vez el asombro no ha muerto, sino que ha cambiado de forma. Ya no se encuentra en el descubrimiento de una isla lejana, sino en la capacidad de mirar lo cotidiano y reconocer que no nos pertenece del todo. En el vuelo de un ave migratoria que cruza continentes sin pasaporte, en la persistencia de una planta que rompe el asfalto de una metrópolis, hay una verdad que el reparto del mundo no puede tocar. Es la vida reclamando su propio espacio, su propia soberanía, recordándonos que, aunque nos hayamos repartido la superficie, el núcleo sigue ardiendo con una energía que no acepta dueños.

Manuel camina hacia su coche, dejando atrás el ruido de las grúas y los contenedores. Por un momento, deja de ser un observador de flujos comerciales para ser simplemente un hombre que respira el aire salino de la noche. El mapa en su oficina sigue allí, parpadeando con la ambición de miles de empresas, pero afuera, el mar sigue siendo el mar, oscuro, profundo y maravillosamente inútil para quien solo busca poseer. En esa inutilidad reside nuestra última esperanza, la posibilidad de que, después de todo, el mundo sea mucho más que la suma de sus partes repartidas.

Al final del día, la realidad es un tejido de voluntades que chocan, pero también de silencios que sanan. No somos solo consumidores en una red global; somos testigos de un misterio que se renueva con cada amanecer, a pesar de nuestros intentos por ponerle un precio. El asombro volverá, no como un grito de conquista, sino como el susurro de quien comprende que lo más valioso es siempre lo que no se puede guardar en una caja.

La luz del faro corta la oscuridad en intervalos regulares, marcando el ritmo de un tiempo que no pertenece a los mercados, sino a la tierra misma.

JN

Javier Navarro

Javier Navarro ha colaborado con distintos medios online y mantiene un compromiso constante con la calidad informativa.